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lunes, 15 de junio de 2009

Vista de lince 71

Sonia Gómez Gómez

Debo confesar ue no soy muy asiduo lector de doña Sonia por cuanto nnuestros respectivos criterios ideológicos se encuentran a distancias astronómicas. Sin embargo, su columna de hoy Los monos ya no aullan... lloran me encantó. Describe con perfección el daño ecólogico ocasionado a la región sur de Antioquia. Me uní a su tristeza.

Encontré una inconsistencia: Doña Sonia se lamenta de la suerte de los monos aulladores, pero nada dice de las monas aulladoras; se lamenta de la suerte de los loros, pero las loras quedan relegadas al olvido, brega a empatar con las guacamayas sin mencionar los guacamayos, pero con los hombres sin las mujeres, los paujiles sin sus paujilas y los lugareños sin las lugareñas abre una brecha insalvable de desigualdad.

Como doña Sonia es una de las adalidas del lenguaje incluyente o equidad de género que también llaman, me tomé el trabajo —aunque no soy partidario de esa forma de hablar– de equilibrarle la columna como a ella le gusta.
¿Qué pasó?

Que así ya no me gustó tanto.

Los monos y las monas ya no aullan... Llloran

Había una vez en un bello paraíso -que quedaba aquí, a mis espaldas, al pie de Los Farallones de La Pintada en Antioquia-. Era un bosque donde los monos aulladores y las monas aulladoras retozaban de rama en rama hasta llegar donde el viejo Simón. Él las conocía bin y los conocía bien. Cómo no, si a muchos de ellos los vio nacer y a muchas de ellas las vio nacer entre las ramas de los guamos o mamoncillos. Sabía entonces que aquella mamá novata necesitaba una dosis mayor de frutas frescas para ayudarle a levantar la camada. Entonces Simón ya estaba en pie para que nada faltara a los bebés y a la familia toda, que festejaba entre las ramas. Por los cielos cruzaban, a lo largo y ancho del río Cauca, manadas de loras y de loros que celebraban la vida.

Pero son ya las 6 de la mañana... las seis y un cuarto... las 6 y veinte... y los loros y las loras no llegan. Y aquí, a mis espaldas, los monos y las monas no juegan, lloran.

¿Somos conscientes de que los animales también lloran? Pues no lo parece: el refugio de las monas aulladoras y de los monos aulladores, hasta hace muy poco tiempo en manos de la Fundación Eco Santa Fe –del zoológico Santa Fe de Medellín–, que tenía esos terrenos en arriendo dejó de ser un santuario donde se rinde culto al amor entre los animales y el hombre y la mujer. Los terrenos fueron vendidos por el IDEA al Fondo Ganadero de Antioquia. La Fundación sacó de allí entonces sus pertenencias: varias jaulas llenas de monos y de monas, guacamayas y guacamayos y paujilas y paujiles que pasan un tiempo en recuperación antes de ser liberados los unos y liberadas las otras en el refugio... Tuvo que abandonar ese bosque de frutas levantado con tanto esfuerzo durante 10 años... Debió dejar los monos y las monas a su suerte, y ellos y ellas no entienden por qué ya Simón también se ha ido y con ellos y con ellas una historia y un trabajo de conservación de animales en vía de extinción.

Ellos y ellas no saben que los intereses económicos todo lo pueden y que para el país, en su historia depredadora, valen más las hectáreas pisoteadas por el ganado que aquellas donde las aves puedan hacer sus nidos en paz... y las loras y los loros tampoco cruzan por estos aires, sobre el imponente río Cauca. Los bosques han ido cayendo con sus nidos.

Entre tanto allá abajo, en la zona urbana de La Pintada, se vive otra parte de la historia: Cuarenta madres de familia que por nueve años han fabricado peluches imitando el rostro de los aulladoras y de las aulladores y de los monos capuchinos y de las monas capuchinas, se hacen preguntas: ¿qué será de nosotras y de nosotros y de nuestros hijos y de nuestras hijas? ¿Qué será de las monas y de los monos de algodón, pero, sobre todo, qué será de las monas y de los monos de carne y hueso? ¿Si ellos se acaban con qué cara haremos el Festival del Mono Aullador y de la Mona Aulladora, en el mes de octubre? ¿Cuando ellos y ellas lleguen a las fincas buscando el alimento que ahora no encuentran porque el refugio de Eco Santa Fe languidece, sabrán los lugareños y las lugareñas respetarles sus vidas y darles el amor que necesitan?

Son muchas las preguntas. Viajé hasta el antiguo refugio en busca de los monos y de las monas que varias veces visité para escribir sobre ellos y sobre ellas. Caminé, grité, busqué y no pude encontrar uno solo ni una sola, ni siquiera en el mamoncillo donde antes hacían sus fiestas… Dicen que se hará un refugio nuevo, monte arriba, pero la verdad es que allí "no pudieron darme declaraciones oficiales”

Los monos y las monas lloran y con ellas y con ellos el Universo.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

¿Doña Sonia es una de las "adalidas"? Adalid es un sustantivo exclusivamente masculino. ¿O eso también hace parte del lenguaje incluyente?

Abel Méndez dijo...

No tanto del lenguaje incluiyente, como del excluyente. Debemos mover a los académicos para que dejen de responder que tal palabra no tiene femenino, por que sí. Porque ellos quieren que no lo tenga. Qué dificultad morfologica, o fonética hay para que no existan femeninos como miembra, testiga, cancillera (que si lo fue en una edición anterior) Y, por qué no, adalida.

Abel Méndez dijo...

Fui a corregir incluyente y se fue el comentario.

Felipe Chavez G. dijo...

Yo voto entonces por la inclusión de género de las plantas y los plantos.

El guamo y el mamoncillo hacen referencia al árbol o al fruto ¿la fruta?. Entonces si hablamos de árbol en masculino, le negamos la condición femenina a la árbal que es la que en realidad da la semilla.

En suma: los mamoncillos y las mamoncillas.

¡Las guamas que se ve indecente esa equidad de género gramatical! que quieren imponer a punta de acuerdos en el concejo de Bogotá... que nos nos crean tan mamoncillos (y mamoncillas)
Que no frieguen y se pongan a trabajar por la inclusión social verdadera, para la inclusión social gramatical, sobra tiempo.