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miércoles, 6 de febrero de 2013

San Andrés Islas

Una poetisa bumanguesa, de aquellas a las que no les choca su profesión en femenino, me envió un bello poema que reproduzco y es de actualidad.




San Andrés Islas

Se robaron el mar, se robaron los sueños, 
pero también robaron sustento, aliento y fuego.

No fueron muchos, tal vez diez, doce o el temido trece, 
los que hundieron sus lanzas en el alma de un pueblo.

Silenciosos, de negro, y el mutismo por dentro, 
con el ceño fruncido levantaron el dedo 
para llevarse el mar cual vil filibustero, 
cercenando la vida de nativos isleños, 
entregándolo a quienes, nunca han parido un sueño.

Isla de blancas playas, de arenas relucientes, 
 paraíso caribe de lunas transparentes 
e inmortales remansos que dormitan al viento, 
bajo el cielo afligido que clama sin estrellas, 
y el sol que entibia el cuerpo 
añorando regresen las gaviotas ya idas, 
que llorando inmigraron a lóbregas guaridas.

De tus profundidades se levantan airosos, 
castillos de corales, doradas caracolas 
que en músicas canoras en el espacio hienden 
rabiadas melodías de llanto y desconsuelo, 
por ese mar bravío que hoy gime sin sosiego.

Mar de siete colores, que acunas amores ciegos, 
te llamo y sólo escucho mi eco macilento. 
Quiero tus playas, tus arenas, tus peces, 
quiero tu cuerpo de profundas aguas, 
quiero abrazarte con amor eterno, 
quiero que traigas cantos de esperanzas.

manuelita




*

domingo, 12 de julio de 2009

Lo que no sé pronunciar no me gusta


En enero de 1973 se me presentó la oportunidad de ir a trabajar en la isla de San Andrés como ingeniero de la planta eléctrica. Empecé a trabajar allí el 8 de febrero de aquel año.

Aún estaba soltero y antes de irme le propuse a Sofía Inés que procuráramos casarnos en los dos meses siguientes para que no me asaltara esa sensación de soledad que el año anterior me había hecho renunciar a un cargo en Cementos del Caribe de Barranquilla. Ella accedió con la única condición de que le asegurara un puesto en el magisterio de la isla, lo que pude cumplir.

Coincidencialmente Sofía Inés y mi hermana María Helena habían acompañado una excursión estudiantil liderada por mi prima Luz Helena Gaviria en octubre del año anterior. Por tal motivo me recomendaron conocer a unos vendedores de seguros que se habían hecho sus amigos durante aquella excursión.

Efectivamente los vendedores de seguros de las diferentes compañías aseguradoras formaban un grupo de cinco amigos sin que entre ellos existieran los celos de cuál se ganaba alguna póliza que dos o más de ellos estuvieran compitiendo. Fue un grupo muy agradable y de muy sincera amistad en el que yo también me moví durante esos meses de soltería. Completaba el grupo un sexto miembro totalmente atípico: mientras los cinco ya nombrados y yo estábamos entre los 27 y 35 años, el señor Kin, ése era su apellido, tenía 65; mientras los cinco y yo somos colombianos distribuidos entre Antioquia, Caldas y Bogotá, el señor Kin era hindú; mientras los cinco, yo no, eran vendedores de seguros, el señor Kin era un comerciante, es decir, un cliente de alguno de los cinco o de todos.

Uno de ellos recibió la orden de su compañía de trasladarse en forma definitiva a Bogotá. Debía dejar la isla y todo lo que en ella quedaba incluyendo la amistad del grupo del cual yo ya era parte. El grupo decidió hacerle una despedida en un restaurante estrato 5,5 que allí había y que se llamaba (o se llama) Hansa Club, situado en Punta Hansa, como quien dice, en toda la puntica de la nariz del caballo de mar que parece el mapa de la isla de San Andrés.

Hasta esa noche lo más elegante que yo había pisado en restaurantes era la Fonda Antioqueña de Maracaibo entre Junín y Palacé (nombres de calles de Medellín, para los foráneos).
Hansa Club tenía una parte que estaba en un puente como a manera de muelle y allí nos sentamos, el mar lo teníamos debajo de nuestros asientos y como fuera noche de luna llena la marea estaba de tal manera que mojaba por debajo las tablas del muelle. Mi asiento coincidió con una abertura de las tablas que me permitía ver el agua.

El mozo trajo la carta y todos nos pusimos a leerla. No había caso, yo no sabía qué querían decir esos nombres tan raros que había en esa lista y hasta estuve tentado a llamar al mesero para preguntarle si no se había equivocado y en vez de la carta había traído la tabla donde alguno de los hijos del propietario hacía sus colages para el colegio.

De pronto alcancé a ver en el final de la tabla en letra muy pequeñita: “Pollo al horno”, ¡en español!

–¿Qué hago? –Reflexionaba yo– ¿Pido pollo al horno? ¿Qué irá a pensar Sofía Inés –reconozco que ella era, y sigue siendo, de más roce social que yo– cuando se entere de que su futuro esposo en semejante lugar tan lujoso pidió pollo al Horno? ¡Qué pena con el señor Kin que haya tenido que recorrer medio mundo para venir a verme a mí comiendo pollo al horno!

Mientras estaba en estas reflexiones ya el mesero había iniciado a anotar los pedidos y empezó por el señor Kin que estaba a mi izquierda y se disponía a seguir en el sentido de las agujas del reloj. Yo sería el último.

–¡Ya sé! –Se me iluminó la mente– pediré el plato que más se repita entre ellos y si alguno pide pollo al horno, ¡zas!, el mío también será pollo al horno.

Debí haberlo imaginado: acostumbrados a subvalorar la letra menuda de las pólizas, que no se le deben dejar entender a los clientes, ninguno de los vendedores de seguros pareció haber advertido la presencia del plumífero plato. Uno pedía cazuela de no sé qué; otro langostinos a la no sé cómo; total que tuve que pedir un plato que se repitió una vez y como no sabía pronunciarlo le hice una indicación al mesero para que lo leyera en la carta señalándolo con el dedo índice. El empleado hizo un ademán gracioso de aprobación deslizando el bolígrafo entre los dedos pulgar e índice sin pronunciar palabra alguna, por lo que después interpreté que estaba acostumbrado a que de vez en cuando apareciera por allí algún personaje mudo.

Me llegó una cazuela toda rara que me supo a demonio revuelto. Ya se imaginan para qué había mencionado el hueco del tablado precisamente al lado de mi pie derecho, por allí volvieron los mariscos al mar de donde nunca debieron haber salido.

Mientras tanto miré hacia la izquierda y pensé que cuál sería la langosta tan rara que pidió el señor Kin que aún no le traían su pedido. Me imaginaba a los cocineros mar adentro tratando de pescarla.

–Por fin, allá vienen con el pedido del señor Kin, ya lo están descargando:

¡Pollo al horno!

Desde entonces, plato que no sé pronunciar no me gusta.

Gabriel Escobar Gaviria

viernes, 26 de junio de 2009

Mario

Era febrero de 1973 yo me había ido con un a trabajar como ingeniero de la Empresa Intendencial de Servicios Públicos de San Andrés y Providencia.

Aún era soltero y por esa razón adquirí una costumbre diaria: alrededor de la 9:00 a. m. salía de mi oficina en la planta a la salida para el sector de San Luis y me dirigía la centro donde había elegido una cafetería en la que convergíamos varios residentes de la Isla dedicados a diferentes labores, tomábamos uno o dos tintos nos desatrasábamos de chismes y regresábamos a las respectivas sitios de trabajo.

Yo me tomaba el primer tinto mientras le daba los últimos toques a la carta diaria que le escribía a mi novia Sofía Inés de la que estaba perdidamente enamorado. Luego me dirigía a la oficina de correo, ponía la carta y buscaba en el apartado pues por lo general tenía una carta también diaria de ella.

Regresaba a la cafetería a tomarme el segundo tinto y cuando no había con quien conversar leía la carta encontrada en el apartado.
Uno de los asistentes a aquella cafetería era un paisa medellinense, de nombre Mario que aparentaba unos 55 años y hasta menos, pero me quedo en los 55 para no exagerar la nota.

Nunca supe lo que Mario hacía, no supe si tenía familia ni dónde vivía en la Isla. Sólo sabía que era muy buen conversador y uno nunca se quedaba sin tema cuando Mario aparecía.

Los demás amigos tampoco sabían mucho, alguien me dijo una vez que Mario Había sido campeón nacional de billar, pero no me precisó fecha. Tal dato no fue desmentido por Mario, pero la fecha de su galardón tampoco se pudo precisar en conversación con el campeón. La verdad, su tranquilidad y despreocupación de los acontecimientos por venir eran características que coinciden plenamente con un campeón de billar.

Después de mi matrimonio ocurrido en abril de aquel año, yo seguí con la misma costumbre matinal, de tal manera que conservé los amigos de tinto hasta venirme de la isla en noviembre.

La buena conversación de Mario fue juntando fechas en mi cerebro matemático pues en sus anécdotas de pronto iban apareciendo contextos históricos que involuntaria e inocentemente se le iban escapando a Mario en sus discursos.

Tales contextos me fueron situando la infancia de Mario en los últimos años de la primera década del siglo; la Primera Guerra Mundial, en la plenitud de su adolescencia, y la madurez completa, al finalizar la década del 20. Podría asegurar que su campeonato de billar, fecha de la que más se cuidaba, podría haber ocurrido en los primeros años de la década del 30.
Un día, cuando ya tenía muchos elementos para estar seguro, le dije a Mario:

—Mario, vos tenés 70 años.

Fue el único día que vi a Mario bravo, bravo no es palabra, furioso. Me recriminó sobremanera que yo pensara que él fuera un viejo decrépito, según sus propias palabras, y a partir de aquel día me esquivó la conversación sin retirarme la palabra ni el saludo.

Como ya dije, a finales de noviembre abandoné la Isla y me vine a trabajar a Medellín. Nunca más he vuelto a ella.

Un día de 1974 salía yo del parque de Berrío de Medellín por la esquina nororiental tomando la calle Boyacá hacia el oriente, y me encontré con Mario que caminaba en la misma dirección.

—Quiubo, Mario, ¿cómo estás?

—Muy bien, hombre, ¿y tú?

—Bien, Mario, dándole al trabajo. ¿pa dónde vas?

—Pa la Clínica Soma a una consulta.

—Ah, pues yo te acompaño hasta allá. Yo voy dos cuadras más arriba.

Para los que no conocen a Medellín, aclaro que en la dirección en la que caminábamos por la calle Boyacá, al terminar la cuadra se encuentra uno con la carrera Junín y de ahí a la clínica Soma se sigue por la acera sur de la avenida La Playa y se encuentra primero, a unos treinta metros de Junín, con el pasaje La Bastilla, una carrera que sólo tiene dirección hacia el sur, otros treinta metros adelante está la carrera Sucre que atraviesa la avenida La Playa y otros cincuenta metros adelante, la avenida Jorge Eliécer Gaitán o avenida Oriental, cruzando la cual está la Clínica Soma en la esquina suroriental del cruce. No es necesario, entonces, que una persona que de la calle Boyacá se dirija hacia La clínica mencionada, tome la acera norte de la Playa, por la sur llega con facilidad.

Donde arranca el pasaje La Bastilla solían reunirse por aquellos días varios señores de aspecto senil, aunque con suficientes fuerzas para llegar al lugar por sus propios medios y regresar a sus casas después de una larga conversación matinal con sus coetáneos. Recuerdo que hasta parqueaban en el sitio un taxi modelo 48 que les hacía juego.

Cuando Mario y yo atravesamos Junín, él me indicó que nos pasáramos hacia la acera norte —donde está el edificio Coltejer— y nos fuéramos por allí hasta la avenida Oriental. Casi a empellones me hizo cruzar la avenida sin darme tiempo para conjeturas.

Una vez en la acera norte, le pregunté por la causa de su apuro.

—Mirá que entre esos viejitos del pasaje La Bastilla –me dijo– hay unos compañeros míos de bachillerato y a mí me da pena que me vean con ellos.

Yo miré a Mario a los ojos y le dije:

–Mario, como a nadie le dan el cartón de bachiller recién nacido y menos antes de nacer, ¿Por qué te enojaste conmigo en San Andrés cuando pude adivinar tu edad?

No recuerdo la respuesta de Mario, pero no se enojó conmigo esa vez. Él mismo había caído en la propia red en la que quería envolverse. Llegamos a la avenida Oriental, la cruzamos, luego cruzamos la avenida La Playa hacia el sur y llegamos a la clínica adonde él entró seguramente a una cita gerontológica.

Nunca he vuelto a ver a Mario desde entonces, y probablemente nunca lo volveré a ver. Aunque uno nunca sabe, por improbable que sea, si me lo vuelvo a encontrar me cuidaré de recordarle que ya tiene 106 años.