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martes, 10 de julio de 2012

Caminos y montañas 2 de 38

Elogio de la Ingeniería
Carlos Castro Saavedra.


Los ingenieros


 
Los hombres y los árboles tienen mucho en común. Las obras de los seres humanos pueden ser comparadas con los frutos que produce la tierra y con los procesos vegetales. La semilla es el símbolo por excelencia de todo nacimiento. Si se aspira a hablar de algo que ya existe, de algo que ya tiene vida propia y copioso follaje, hay que mirar hacia el pasado y tratar de descubrir y de reconocer, en medio de la sombra, la pequeña burbuja que produjo el milagro de la Creación, para poder entender, a cabalidad el desarrollo de los pueblos y el de los bosques.

El día que por primera vez se pensó en declarar la guerra a la naturaleza y obligarla a deponer sus armas, nacieron los ingenieros. Día remoto, ciertamente, pero inextinguible en la memoria de la poesía, porque él es el origen de todos los caminos, la cuna de todas las carreteras y de todas las vías férreas, el principio de todos los viajes que aún no terminan y que empiezan a tener la dimensión de las hazañas espaciales.

 
Espontáneos y embrionarios ingenieros fueron los colonizadores. Aquellos hombres que empezaron a internarse en la manigua y a llenarla de hachazos, hogueras y presentimientos fundaron la ingeniería y dejaron a sus hijos el encargo de seguir fundándola, intrépida y candorosamente.

 
Hasta que las medidas y los números se incorporaron a la lucha y la inteligencia tuvo la oportunidad de encauzar el trabajo y las esperanzas de los trabajadores. Hasta que nacieron puentes a los ríos y los instrumentos de precisión comenzaron a inaugurar el equilibrio. Hasta que el hierro y el acero estrenaron sus fuerzas su sonido y su brillo. Hasta que las primeras escuelas de ingeniería comenzaron a ser madres de los primeros ingenieros. Hasta que la ciencia y la técnica impusieron un nuevo ritmo —el de la época en que vivimos— y el árbol de la vida completamente verde, se marchitó un poco bajo los hongos de las explosiones atómicas.
 
Llegaron, pues, los ingenieros de un pasado remoto, tras una larga y fecunda lucha, y aquí están con su estrella laboriosa, con su experiencia de muchos años, sus compromisos con la tierra que aún espera de ellos muchos amaneceres y su vocación de astronautas y habitantes de otros planetas

 
Ninguna profesión terrestre ni tan ligada al adelanto de los pueblos, como como la ingeniería: es como la mano con que los pueblos construyen su propia existencia navegable y transitable, su destino fluyente su unidad y sus posteriores desbordamientos universales.

Domadores de cerros y de corrientes fluviales, padres de la energía eléctrica y a la vez de las torres que sostienen el viaje de la luz, esposos de las minas y padres, otra vez, del oro, del petróleo y de las esmeraldas, pilotos de la industria, tripulantes de la nave electrónica y sus tableros luminosos, calculistas, expertos en milagros, en mareas de concreto y de hierro que ellos inmovilizan en el aire, sobre columnas de granito y leones de acero.

Mas los ingenieros no son hombres extraños ni inalcanzables, Son hombres, simplemente, antes que ingenieros, y en ello radica su mayor riqueza. Son sus obras proyecciones de su condición humana y de sus sentimientos de solidaridad. En diversas formas se acercan a sus semejantes y patentizan su presencia y su ánimo de servir a la comunidad. Sangre de ellos son las calles que transitamos diariamente, lo mismo que las carreteras y los ferrocarriles que nos llevan al mar y a los brazos de las ciudades más lejanas. Proyecciones de ellos, igualmente son las tuberías y el agua que calma la sed de las casas y las llena de música. También la luz que inunda los hogares es otra prolongación de los ingenieros y de sus luchas en las centrales hidroeléctricas. También la energía que impulsa las faenas de las fábricas y hace girar las ruedas sobre el suave silencio del aceite, es un testimonio de la presencia de los ingenieros en todas partes, incluyendo el espacio sideral donde empiezan a flotar y a vencer las distancias interplanetarias.

 
        Parece que Dios hubiera dicho a los ingenieros en el mismo día de la Creación, y anticipándose a la presencia de ellos sobre la tierra, pues ellos sólo existían entonces en la mente de Él, las siguientes palabras: «Dejo el mundo empezado para que ustedes lo terminen, dejo los continentes sin caminos para que ustedes los construyan y la geografía con nudos gigantescos para que ustedes los desaten.

Y los ingenieros han cumplido, al pie de la letra, con aquellas palabras. Desde que aparecieron, comenzaron a completar el trabajo de Dios, tal como Él lo quiso: abrieron hondas brechas en la selva y descubrieron el rostro de las naciones tendieron puentes sobre los ríos y unieron las más irreconciliable orillas, avanzaron contra la muerte y coronaron la cima de esta época. Allí están, allí siguen luchando y construyendo amaneceres.