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lunes, 22 de noviembre de 2010

Vista de lince 117


No sobra la tilde del adverbio sólo


Veamos qué pasa en el mensaje de estas dos estas dos vallas de chocolatinas Jet en el caso de que sea obligatoria la eliminación de la tilde diacrítica del adverbio sólo.

Solo hay un sabor que ha estado siempre contigo.
Pues el mensaje queda con doble interpretación.
Una correcta: la que en este momento se entiende porque la tilde nos está diciendo que se trata de un adverbio con el significado de solamente.
Otra incorrecta porque se estará diciendo que un sabor que antes había estado contigo, hoy esta sin compañía.




Otros avisos.


El aviso que Pepo convirtió en chiste de Condorito puede existir en cualquier lugar de nuestro idioma. El aviso dice una cosa muy distinta de lo que quiso decir el redactor y Condorito tiene razón al no dejarse multar, pues no está contraviniendo lo mandado, puesto que es imposible estacionar en ambas aceras.
Pero lo que se vuelve chiste también llega a ser verdad miremos este aviso que está cuatro veces en cada una de las estaciones del metro en Medellín


El aviso nos recomienda no bajar a la vía trenes en movimiento, se deben bajar quietecitos: Un punto resuelve la confusión: No bajar a la vía. Trenes en movimiento.
  





4 comentarios:

Hlnodovic dijo...

La tilde sí sobra, porque la anfibología es imposible en ese contexto. Además el orden de las palabras, si bien es flexible en castellano, no sería el habitual y para efectos publicitarios no tiene sentido usar un lenguaje poético equívoco.
Por lo demás, le recuerdo que el uso del acento diacrítico en el adverbio solo y en los pronombres demostrativos está prohibido desde la reforma de 1999, salvo los casos de ambigüedad, los que son realmente muy pocos.
La reforma que se está discutiendo solo implica eliminarlo incluso de aquellas excepciones, además de suprimirlo de todos los monosílabos diacríticos (mi, si, mas, se, de, te, aun, el, tu), pues su uso no se justifica, es una norma excepcional poco útil.

Abel Méndez dijo...

Estimado Hinodovic

Noto su carta algo airada y es un posición a la que he venido acostumbrándome a lo largo de estos 19 años que llevo tratando de enseñar lo que he aprendido de nuestro idioma.

Esa molestia que ocasiona en muchos la crítica al ente regulador de nuestro idioma, se basa en creer que los académicos son infalibles.

No lo son. La Real Academia Española es una entidad humana expuesta a la equivocación y sus determinaciones no se deben tomar con ese fanatismo de leer lo que no está escrito.

Dice la Real Academia Española en la primera edición de la Ortografía de la lengua española:

Cuando quien escribe perciba riesgo de ambigüedad, llevará acento ortográfico en su uso adverbial.

Ahí no existe prohibición alguna ni eso fue nuevo en 1999. Eso lo viene diciendo la Real Academia Española desde 1973 o tal vez desde antes.

La Real Academia Española no prohíbe, dicta normas.

Yo aseguro, y muchos conmigo, que el riesgo de ambigüedad no es percibido por quien escribe, sino por quien lee. El que escribe está seguro de lo que dice, no así quien lee. Por lo tanto el que escribe debe asegurarse, mediante la tilde, que su escrito va a ser entendido.

No creo tampoco en la utilidad de su deseo de que sean eliminadas todas las tildes diacríticas.

Espero seguir teniéndolo por aquí con sus comentarios

Hlnodovic dijo...

Estimado don Abel:

La Real Academia es falible, sin duda, pero por razones de conveniencia es necesario aplicar sus reglas de manera uniforme, aunque no estemos de acuerdo con ella. Se que los lingüistas odian el prescriptivismo, pues lo suyo es una ciencia y, por consiguiente, se limitan a describir lo que ven. Pero para los usuarios normales, el prescriptivismo es vital para conservar la unidad, pues la ortografía es solo un medio, al igual que el sistema métrico decimal. Desgraciadamente la RAE últimamente, por un mal entendido sentimiento democrático, quiere recomendar y no obligar. El problema es que con eso deja la decisión a los mas fuertes: los jefes deciden la ortografía que se va a utilizar según su gusto, que generalmente refleja lo que aprendieron en la escuela. Para mi escándalo, muchos se quedaron con las normas enseñadas en primer año, como que la coma se coloca cuando se necesita respirar (esa explicación está bien para un niño de siete años, pero un adulto debería ser mínimamente consciente de que su uso obedece a estructuras gramaticales lógicas).
La RAE no debe ser respetada cuando se sale de su esfera de competencia, como su innecesaria invención de exónimos (verbigracia a Gdañsk el quitó el tilde sobre la n), su rechazo a las leyes soberanas de los estados (como que se niegue a aceptar la ley española que le cambió el nombre a las ciudades catalas, vascas o gallegas o que insista en usar el antiguo nombre de Myanmar, en circunstancias de que se llama así desde 1990), o las indicaciones sociales (como no condenar a los que se aferren a la antigua ortografía, yo personalmente siempre reprendo a los ancianos que escriben «fé» y tuve que recurrir al ministro visitador para obligar a un notario a acentuar las mayúsculas de una escritura, pues no se sometió al mostrarle texto expreso de la RAE, aduciendo algo tan etéreo e inválido como la tradición (algo que se invoca siempre que no se tengan razones y se quiera imponer una voluntad, como hacían los patricios con las «mores majores» durante la arbitraria república).

En cuanto al texto que usted cita, la regla general es clara: no se usa el acento. Luego viene la excepción, que debe interpretarse de manera objetiva y no subjetiva (la ambigüedad debe ser para todos, no limitarse a los espíritus inseguros), luego fuera de esos casos está prohibido (lo que ahora la RAE designa como «no aconsejado»).

Las reformas ortográficas deberían ser siempre radicales, pero con una duración razonable, pues por mínimas que sean siempre generarán rechazo, como han demostrado los casos del alemán y del francés (donde después de casi dieciocho años el diccionario Larousse acogió todas las reformas). No imponer reformas nos llevaría a casos tan lamentables como la anquilosada ortografía del inglés, que precisa de diccionarios de pronunciación para tener certeza.

Hlnodovic dijo...

Estimado don Abel:

En cuanto al texto que usted cita, la regla general es clara: no se usa el acento. Luego viene la excepción, la que debe interpretarse de manera objetiva y no subjetiva (la ambigüedad debe ser para todos, no limitarse a los espíritus inseguros). En consecuencia, fuera de esos casos, está prohibido (lo que ahora la RAE designa como «no aconsejado»), es decir, es contrario a la regla.

Su observación sobre la percepción de la ambigüedad es válida, sin embargo, quien redacta de manera equívoca suele tener problemas para determinar el sentido gramatical de las palabras que emplea, por lo que es probable que cometa errores al acentuar diacríticamente aquellas palabras, de modo que la utilidad de dicha tilde desaparece. Personalmente me he enfrentado a textos mal redactados donde la presencia del acento en discusión es irrelevante, pues el sentido de las frases no se entiende. En tales casos, he tenido que llamar por teléfono al autor y en más de una ocasión me he visto en la necesidad de sugerirle el texto modificado.

Las reformas ortográficas deberían ser siempre radicales, pero con una duración razonable, pues por mínimas que sean siempre generarán rechazo, como han demostrado los casos del alemán y del francés (donde después de casi dieciocho años el diccionario Larousse acogió todas las reformas). No imponer reformas nos llevaría a casos tan lamentables como la anquilosada ortografía del inglés, que precisa de diccionarios de pronunciación para tener certeza.

Isabel II, además de haber hecho un pésimo gobierno, desgraciadamente decidió que la ortografía oficial sería la de la RAE y no la más razonable de la Asociación de Maestros que nos habría dejado en el nivel de perfección ortográfica de las lenguas eslavas, donde cada letra representa un único sonido. Pero bueno, dado que la ortografía de la RAE es la oficial, no tenemos más remedio que seguirla, pero si deja todo a gusto del hablante, entonces ya no tendremos que respetar sus decisiones y cada uno utilizará lo que mejor le parezca.