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miércoles, 10 de agosto de 2011

Cuenticos Griegos

Anceo y cefeo,
y los enredos de la mitología

¡Que esa historia no fue así!
¡Que fue verdá, yo lo sé!
¡Pues se me callan los dos,
Mejor yo me voy di aquí!

Cuenticos griegos contados por Carlos Augusto Cadavida A. a la vesión infantil de los integrantes del grupo Consulforo

—¿Quiay?, ¿quihubo? Ustedes si están muy confianzudos, ¿no?, pero me gusta que se vinieron todos en manada. Ah,y veo caras nuevas… ¿Usté, mijita?…  es Daysi, como la margarita, como la perla… ¿Cómo así que ya se va, si acaba de llegar…? Bueno, vaya pues, que aquí la esperamos. ¿Y vos?... ajá, Ivancito…  y te vas a quedar, muy bueno. Y la Giovannina…, vea, como pa un cuentico latino.

—Sí, ya sé que me estaba demorando mucho, pero… a ver… ¡tenía la inteletualidá de vacaciones! Muchas gracias por esperame todos junticos... ¿Qué?... Ajá, ustedes dicen que con Atalanta y el jabalí hay muchos “talveces” y muchos “unos dicen”… y por allá están intrigados con esos héroes tan importantes que se fueron a cazar jabalíes en Calidón y… ¿Qué?, ¿que cuente uno por uno? Vea, Jorgito, son muchos, ¡nian se sabe cuántos son! ¿Por qué? ¡No, a ustedes no los contenta nadien! Bueno, vamos a ver…

—Vean, poner en claro los “talveces” y demás cuentos no es muy fácil, porque  en esa época era muy poquito lo que se escribía pa contar alguna cosa, pero había unos señores que se iban por esos caminos, con una lira, recitando chismes y cantando historias: eran los periodistas de esa época, y los llamaban aedos. Había unos con muy buena memoria y nada más, pero había otros que eran creadores de verdá, como Homero… Claro, Pachito, sí, los juglares que llamaron siglos después, y… Jairito… sí, hasta como Francisco, el Hombre, llevando chismes y noticias cantadas por las sabanas del Valle de Upar… pero dejen contar, pues. Les decía  que esos aedos se aprendían el cuento y se iban por esas tierras recitando lo que sabían, y si en un pueblo encontraban algún otro detallito, pues se lo agregaban pa que en ese pueblo los recordaran y poder volver con sus poemas, y el resultado era algo así como los cuentos que nos contabanlos abuelitos por las noches, alumbraos por una vela, y que no se parecían a los que contaba la vecina, porque cada quien le cambiaba su poquito y por eso es tan importante cuando después a alguno se le ocurrió ponerse a escribir esas historias.

—¿Los escritores…? Caramba…, vean, cuando hubo como formita de escribir esas historias y guardalas bien cuidaditas ya había pasado mucho tiempo; mucho de ello les tocó a los romanos o a gentes relacionadas con ellos, así que los escritores más nuevitos agregaban las cosas que los aedos, en sus andanzas, iban colgándole a la historia original, y hasta colgaban las que inventaba el mismo escritor. Por ejemplo, en este caso de los cazadores de Calidón, los escritores más viejos, de los  siglos II y I a. C., señalan entre 17 y 22 cazadores, y los más nuevos, del siglo I d. C., enlistan entre 30 y 33. En todo caso, esa cuestión de la cacería de Calidón, con tanta gente importante, nunca se  estructuró como una gran historia épica… ¿qué, Horacito?... sí, como la guerra de Troya o los trabajos de Heracles…, bueno, talvez fue porque muchos de esos señores habían estado con Jasón en la aventura del vellocino de oro, es decir, fueron argonautas… ¿Cómo dice, Manolita?... ¡huy! sí, mijita, de pronto no lo hicieron porque la protagonista era una mujer… las cosas que se le ocurren a usté…

—¿Ya ven por qué a veces estas historias se pegan una enredada la macha? Recuerden cuando les conté de Atalanta, que hasta les dije que algunos creían que eran dos historias que se habían revuelto, pa que estén prevenidos. Vean les cuento otro, cortico, de unos personajes de los que no se dicen muchas cosas. ¿Recuerdan a Anceo y Cefeo?, ellos fueron de los que dijeron que no querían salir a cazar con Atalanta porque era una mujer. Bueno, unos dicen que Anceo y Cefeo eran hermanos, hijos de Antínoe y Licurgo, rey de Arcadia, pero otros dicen que no eran hermanos, que Anceo era hijo de Poseidón y de Astipalea, y que Cefeo era hijo de Aleo, rey de Arcadia. ¿Si ven el lío?, y después queda por ver quiénes eran.

—Con Cefeo no hay tanto lío. Fue uno de los argonautas de Jasón, en la cacería de Calidón logró sacarle el cuerpo al jabalí, y después se convirtió en el rey de Tegea, en el Peloponeso. Se cuenta que murió en batalla, ayudándole a Heracles en la expedición contra Hipocoonte, pero no sé cómo pasó, porque también dicen que Atenea se había enamorado de él y lo había hecho invencible al ponerle entre sus cabellos un pelito de Medusa… no, Chalito, no creo que hubiera sido una culebrita…

—Pero Anceo si es más complicado. Su principal característica era la fuerza, dicen que era el más fuerte de Grecia, después de Heracles, y que por eso, cuando Tifis murió, lo reemplazó en el manejo del timón del Argo. Después del viaje se fue a cazar al jabalí de Calidón y… sí…, sí, mijito, sí, lo agarró el jabalí y lo volvió cendales. Pero fíjesen bien, que otros cuentan algo diferente: cuando el viaje terminó, este muchacho Anceo, que era el rey de los léleges en Samos, decidió retirase a sus tierras y se dedicó a sembrar uvas. Como patrón era un guerrero malgeniado y exigente, cómo sería que hasta la mamá le decía “¡Ole, no sias rascapulgas!”, pero nada que le hacía caso, hasta que le pasó cacho. Una vez castigó malamente a un esclavo que, en medio de su dolor, lo maldijo y le aseguró que no disfrutaría de su viña. Una tarde del verano, terminando la jornada y sudando con el calor del Mediterráneo, se sentó a la sombra de un olivo a contemplar las primeras uvas de la cosecha, y mandó a un muchacho a que le exprimiera un racimo muy lindo que vio; el sirviente hizo su trabajo,  le llevó un vasao de zumo de uvas y se fue, pero cuando Anceo iba a tomase un buen trago, de entre el viñedo salió un jabalí furioso que lo atacó apenas lo vio, no le dio tiempo ni a correr, mejor dicho, lo destripó contra el olivo sin tomase su juguito.

—¿Si ven? Son historias distintas, pero un puntico en común hace que alguien las revuelva, y después nadie sabe de verdá como era la cosa. ¡Tomen en cuenta eso, pa que después no me vengan a pedir aclaratorias! ¿Oyeron?