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lunes, 28 de octubre de 2013

Por encimita

Tomado de El Colombiano (13-10-27)


De la tragedia de la unidad residencial Space, parejo con las emociones, han emergido todos los expertos, algunos de verdad y muchos de ocasión, a quienes solamente les ha faltado pedir la guillotina para los culpables, sin que conozcamos aún las causas que la originaron.

Todos hemos declarado el duelo: unos con tristeza, no sólo por las vidas que se perdieron, sino también por esa forma de desplazamiento forzado que han padecido los residentes y sus vecinos. Otros con rabia, como aquella señora que pide despojar a los culpables de la «nacionalidad paisa», cosa que ni siquiera sabíamos que existía. 

Ira. Dolor. Impotencia. Todos los sentimientos han aflorado, incluso la indiferencia y hasta cierta complacencia en unos pocos resentidos, que evidencian en frases como «los ricos también lloran» y dejan muy claro lo mezquinos que podemos llegar a ser en la desventura de otros, como si la adversidad resistiera estratificación alguna.

Debe ser porque en apariencia, y por los precios de los apartamentos, creen que los damnificados estrato seis no son pobres y podrán levantarse del desplome más rápido de lo que se fue al suelo su edificio, como si para ellos sus casas de tantos millones no significaran lo mismo que para los protagonistas de los derrumbes e inundaciones que tienen que vivir en las laderas inestables o en las orillas de los ríos, tan cumplidos para cobrar víctimas en temporadas invernales. Hay tragedias que se deben mirar en el espejo, porque en medio de los escombros, del fuego o del lodo, se parecen mucho. 

Algo que no suplirán las ayudas, independiente de dónde vengan, son los recuerdos de lo que se tenía. La casa en cenizas, en el agua o en el suelo, es una desdicha que no debería verse solamente desde la perspectiva de para quién es menos difícil superarla. Finalmente todos, sin importar la condición socioeconómica, tenemos apegos y a todos por igual nos duele perder aquellos objetos materiales que por años, a veces por siempre, nos han acompañado.

¿Cómo no sentir la tristeza de quien se duele de haber perdido la carta que le escribió el expresidente Mandela, o la hoja con las huellas de su registro civil? ¿O la del pequeño que extraña su cobija de seguridad que lo ayudaba a conciliar el sueño? ¿O la de la niña que pide su oso felpudo y mugroso, compañero inseparable aunque una estantería de juguetes relucientes reclamara su atención sin éxito?


Sobrevivir a la calamidad es una oportunidad invaluable de recomenzar que siempre nos recordará lo frágiles que podemos ser ante la naturaleza o ante los errores humanos. Por supuesto todos exigimos muchas explicaciones, en especial para corregir el rumbo y evitar repeticiones absurdas, pero perder el equipaje marcado con nuestro sello personal también pesa. Y duele. Y mucho. Si al miedo no le han puesto calzones, al apego no le han puesto medida.

Perder un tugurio o perder un palacio produce la misma sensación de incertidumbre y de vacío. La casa es un espacio trascendental que nos ancla a un lugar de la Tierra al que es más rico llegar que a ninguna otra parte del mundo; nuestro territorio íntimo donde tejemos sueños, lloramos tristezas y reímos felicidades. 

Por fortuna nos quedará siempre el corazón, como una especie de baúl sagrado, para guardar y resguardar nuestras posesiones más preciadas: Los recuerdos