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lunes, 18 de mayo de 2009

In memoriam

Homenaje al gobernador de Antioquia

Antonio Roldán Betancur


En el vicésimo aniversario de su muerte

Estamos a mes y medio de cumplir 20 años de la lamentable desaparición de mi amigo de juventud Antonio Roldán Betancur. De mi anecdotario personal saco este artículo escrito por primera vez para el periódico El Taller en su segundo número.

Lo reproduzco como un homenaje in memoriam.

¿Incendiarios?

Gabriel Escobar Gaviria.

Agradezco el ofrecimiento que me hace el director de este periódico para aportar anécdotas al recuento histórico de nuestro barrio Fátima. La que refiero hoy tal vez esté aún en la memoria de muchas personas, sobre todo de aquellas que viven en el marco de la iglesia.

Donde hoy hay un parque infantil con varios juegos fue por mucho tiempo un lote al que no se le hacía ninguna mejora. Fue allí donde empezaron los encuentros futbolísticos Fátima-Nutibara. Los menores sospechábamos, por conversaciones escuchadas a los adultos, que ese lote no le pertenecía a la Parroquia, razón por la cual ni el creativo padre Córdoba, ni el recursivo padre Lalinde habían podido adelantar labor alguna para el aprovechamiento comunitario del mismo.

Un día se confirmaron tales sospechas. Recuerdo: llegué de la Universidad y mis hermanos me contaron que en toda la mitad del lote, al frente de la casa de Belisario ¡qué cremas las que allí vendían!, hoy Tienda de Nico, habían levantado una caseta de construcción y habían echado cepas como para una casa.

–Y ¿el Padre qué dijo?

–No, pues nada; como ese lote no es de la Parroquia.

Y el Padre no dijo nada porque se trataba del bondadoso padre Álvarez, todo dulzura y mansedumbre, pero ¡ay si hubiera sido en tiempos del padre Lalinde! Todavía estarían buscando los bultos de cemento en los profundos infiernos.

Incrédulo me dirigí al sitio acompañado de mi hermano Jota. Y sí, allí estaban esas cepas desafiantes para iniciar la construcción de unos muros y de una casa que por donde se la mirara heriría la hermosura de la iglesia. Algún día podríamos elegir entre estar atentos a la Misa o enterarnos de la vida familiar de aquella vivienda; la torre nos proporcionaría varios palcos para seguir de cerca, cual telenovela en vivo, el drama familiar de los ocupantes.

Absorto estaba en esos pensamientos cuando escuché a mi lado una voz que hoy no está con nosotros y que preguntaba mi parecer con tono de que el suyo no era nada agradable. Era la voz de mi amigo Antonio Roldán Betancur. En aquellos días andábamos por los 22 años y lejos estábamos de adivinar la exitosa y corta carrera que el destino le depararía a mi amigo. Él y yo éramos los amos del micrófono en la parroquia, pues desde hacía cuatro años nos turnábamos para leer la Epístola y no había bazar que no animáramos desde las famosas casetas de las dedicatorias. La idea nos vino a ambos al mismo tiempo. Nos miramos y nos comprendimos: teníamos que reunir la gente y para ello usaríamos el micrófono de la iglesia. No, no le pediríamos permiso al padre Álvarez, pues no nos lo daría.

Iban a ser las ocho de la noche y don José Betancur, el sacristán, no había terminado de cerrar la iglesia por cuanto faltaba el toque de ánimas que se hacía a dicha hora. El destino nos hizo subir por la rampa y allí encontramos a Fabio Zapata, el hijo de don Rafael, que esperaba a que fueran las ocho para hacer el llamado a la plegaria por las ánimas, pues acostumbraba reemplazar a don José en esa labor.

–Fabio –le dijimos–, arranque a repicar durante estos diez minutos que faltan para la ocho; a las ocho dé el toque de ánimas, como de costumbre, y luego repique cinco minutos más.

Fabio no nos preguntó por qué le pedíamos eso. Inteligentemente comprendió que ante tan inusitado toque la gente saldría a ver de qué se trataba, y así fue.

Llegamos hasta la sacristía y mientras yo le explicaba a don José que nosotros cerraríamos el templo, Antonio prendió el amplificador y comenzó con las arengas. Nuestras consignas fueron inofensivas, pedíamos a nuestros cohabitantes que reflexionaran y se opusieran a esa construcción porque ese espacio lo necesitábamos para un parque infantil en el que jugarían nuestros hijos (todavía no los teníamos).

Cómo se apropiaría la Parroquia de ese terreno no era nuestro problema, eso era cuestión de adultos y nosotros apenas estábamos aprendiendo a serlo. Para eso estaba don Enrique Toro, mayordomo parroquial. Desde la Sacristía no veíamos lo que en la calle sucedía, pero por lo que pasó después, nos enteramos de que tanto las campanas, como nuestras voces habían logrado el objetivo: la gente se reunió, deliberó y obró.

Seguíamos con nuestras consignas cuando entró el padre Álvarez por la nave central de la iglesia entre trotando y corriendo hasta llegar a la sacristía.

–Escobarito –me dijo–, no sigan con eso que afuera está la Policía preguntando quiénes son los que hablan por micrófono, no demoran en subir. Váyanse por la puerta de debajo de la sacristía, ésta es la llave.

Antonio y yo no comprendimos, al principio, por qué la Policía se habría de disgustar porque nosotros llamáramos a la feligresía para que opinara sobre una construcción; no sabíamos que la feligresía ya estaba opinando y en ¡qué forma!

Obedecimos y salimos por la puerta de abajo la que da frente al negocio que era de Juan de Dios y nos dirigimos adonde estaba la gente. Quedamos asombrados al ver desde antes de llegar a la casa de los Culembias un resplandor de una llamarada inmensa: la caseta estaba en llamas; el cemento fue esparcido para que las bolsas ardieran; al celador le permitieron sacar las herramientas y sus pertenencias. Antonio y yo nos confundimos con la gente que miraba el espectáculo, mientras nos reprochábamos esa acción que estaba muy lejos de nuestra inofensiva intención.

Una cosa aprendimos esa noche: la masa es un animal irracional.

Lo que siguió después fue cosa de adultos: el Padre y don Enrique arreglaron con la propietaria del lote en términos no desventajosos para nadie. Hoy hay un parque infantil en el que jugaron mis hijos mientras fueron niños.

Junio de 1998

*-*-*-*

*Este artículo salió en el número 2 del periódico El Taller de junio y julio de 1998 y se refiere a un hecho ocurrido entre 1968 y 1969, el autor y protagonista no recuerda la fecha exacta.

El periódico El Taller es un periódico barrial de propiedad de mi hermano Jorge Mario Escobar Gaviria “Jota”, por esa razón los nombres aparecen en forma coloquial, sin apellidos algunos y con los apodos otras veces, como en el caso de los Culembias. Donde quedaba la Tienda de Nico queda ahora el Supermercado El Cerro. En 1998 no habían comenzado los estúpidos realities y yo menciono uno como telenovela en vivo.

Como este artículo lo reescribo para que sea leído aun por personas ajenas al departamento de Antioquia, hago notar que una vez que hubo terminado la carrera de Medicina, mi amigo Antonio Roldán Betancur realizó una maratónica y exitosa carrera de hombre público que empezó con la Alcaldía de Apartadó, continuó con la Presidencia del Atlético Nacional, siguió como director del Índer, diputado de la Asamblea de Antioquia y terminó como gobernador del Departamento de Antioquia cuando fue muerto en un lamentable accidente el 4 de julio de 1989.

En el 2003 el parque fue reformado, organizado y embellecido como una obra de la Alcaldía de Luis Pérez Gutiérrez. Me encontraba en la sacristía el día anterior a la reinauguración. El padre David Kapkin, el párroco actual, se me acercó y me dijo:

–Por vos tenemos parque.

–Por mí y por Antonio, padre.

Fue un reconocimiento en privado de algo que nadie menciona en público.




Junio de 2005.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Todo muy bien, don Abel, menos lo del vicésimo aniversario. ¿No será vigésimo?

Los Gavirias de Sopetrán dijo...

Respetado señor Anónimo.

Mi intención al poner vicésimo en vez de vigésiomo es dar a conocer palabras que existen en el Diccionario y que se van enmoheciendo por falta de uso.

La palabra vicésimo existe en el Diccionario con el mismo valor de vigésimo.

El discurso más corto que pronunció Fidel Castro en su vida de mandatario fue el de inauguraciuón de lo juegos panamericanos en su undécima edición en agosto de 1991,

Éste fue todo el Discurso:

"Quedan inaugurados los oncenos juegos Panamericanos".

Yo siempre había escuchado qu con la palabra onceno se rferían al conjunto de once jugadores de fútbol. Nunca como ordinal.

Fui al Diccionario y ¡Oh sorpresa!: es ése el significado de la palabra onceno y no el comjunto que debería serlo porque están la decena y la docena, mas no la oncena.