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miércoles, 4 de febrero de 2009

Cartagena que enamora

Luis Fernando Múnera L.

Ciudad con vida propia tanto diurna, como nocturna, para recorrer

Cartagena no sólo es un destino turístico para extranjeros y colombianos por su patrimonio histórico, arquitectónico y cultural. Sus habitantes y gobernantes trabajan en su transformación cuidando la presentación que quieren mostrarle al mundo, y sobre todo, seguir siendo acogedora.

¡Cartagena enamora y mantiene su embrujo! No sé qué se sienta ser nativo de Cartagena o, siquiera, vivir en ella, pero el solo hecho de venir a Cartagena es transportarse a una época, vivir un ambiente, penetrar un espíritu.

En esta ocasión encontramos la ciudad especialmente bella, cuidada y limpia. Ni siquiera el modernismo bien disimulado de las casas reconstruidas, que fingen bastante bien conservar la tradición pero te cambian una ventana de sillares y barrotes por una vidriera, te altera las sensaciones que produce nuestra ciudad insignia. ´

¿Insignia de qué? No es de nuestras tradiciones vernáculas, porque a los aborígenes caribes, mocanas y calamaríes los acabó la conquista sin darles tiempo de dejar aquí su impronta, sino de la cultura romántica y ruda de los españoles que la construyeron y de los negros tristes arrancados de África, que se volvieron festivos en las costas que los recibieron, y son insignia de un período clave de nuestra historia.

El alma de Cartagena

No trates de encontrar el alma de Cartagena cuando la llenan los turistas, sino en días normales en los que discurre la vida rutinaria. Encontrarás entonces en la calle oficinistas, empleados de almacenes, estudiantes de los colegios del centro y de la universidad, que caminan con calma en las horas frescas de la mañana y en las del atardecer o al medio día se refugian bajo los aleros para defenderse del sol canicular. Ésa es la gente de hoy de esta ciudad.

Ya no encuentras las señoras que venían del mercado, los pobres, los ancianos echados en el suelo o los niños que te seguían con la mirada triste hablándote en retahíla, medio paso detrás de ti. Y no es que se hayan acabado, porque el problema social de la ciudad, lejos de disminuir, se ha agravado. Se han ido o los han puesto en otro sitio.

Si cierras un poco los ojos y los oídos sigues viendo la ciudad de hace unos años que conociste sucia en el suelo, astrosa en las fachadas, maloliente en los charcos de las calles. Extrañas los corrillos de hombres cartageneros en las esquinas, hablando fuerte y rápido en su lengua, medio español medio caribe del costeño popular, sobre política local, sobre fútbol o sobre chismes intrascendentes. Lengua popular ésa. La lengua española más culta y conservada también está en Cartagena.

Sus construcciones

Las casas que hace unos años parecían caerse de viejas, hoy están restauradas. Por dentro son construcciones casi totalmente nuevas, para oficinas lujosas, tiendas finas, sedes de corporaciones. Por fuera simulan respetar el estilo original pero se les sale el rico que llevan dentro y se les nota en los materiales y en el estilo de puertas y ventanas que, sin pudor con la historia, muestran, a través de grandes ventanales, muebles y mercancías costosos. La transformación de la ciudad antigua se demoró más de cien años pero llegó, y al menos ha dejado a manera de maquillaje el aspecto original de las calles y fachadas.

Se ven casas con la altura normal de una de dos plantas, con la particularidad de que el primer nivel se divide en dos pisos, el de abajo como almacén y arriba como hospedaje. El nivel más alto siempre se dejaba para residencia de la familia del dueño. Las casas son amplias, con techos altos que ayudan a la frescura interior, uno o varios patios interiores sembrados de jardines, palmas y enredaderas, y con aljibes para el almacenamiento del agua lluvia.

Cartagena fue rica en la época colonial como centro de acopio y despacho de gente, valores y mercancías que entraban y salían a través de su puerto. Por eso quisieron arrebatársela los ingleses, los franceses y los holandeses a los españoles. Fue heroica y sufrida durante los sitios y ataques en tiempos de guerra. Fue brillante las primeras décadas de la República.

De mucho de esto dan cuenta, muda y elocuente, las murallas y fortalezas que la defendieron. Fueron tan costosas que el rey Felipe II, a cuyas arcas se cargó la construcción, se paró en el balcón de El Escorial, su palacio monasterio en las montañas de Guadarrama, seguro de que podría divisarlas. Cuando no pudo verlas, se vino a comprobarlo. Se le vio caminando disfrazado de señora por la Calle de las Damas. No hay mucha probabilidad de que esta leyenda sea cierta, pero no importa.

Pero después decayó. Influyó el que Barranquilla llegó a ser Puerta de Oro de Colombia sobre el río Magdalena. Pero gracias al olvido, Cartagena se salvó de sufrir los golpes de las picas que hubieran derruido sus casas coloniales para convertirlas en republicanas, primero, y modernas, después, aunque algunas sí alcanzaron a correr esa suerte. Tampoco hubo interés en demoler la totalidad de sus murallas porque a nadie estorbaban. Un tramo que sí estorbó al oriente, lo tumbaron hace varias décadas para abrirle campo a un nuevo barrio, La Matuna, vecino a Getsemaní, y a una avenida. Al resto lo salvó la pobreza de la ciudad de entonces.

La ciudad de noche

Junto a la placita de San Diego está el edificio que brincó de la pobreza franciscana conventual de Santa Clara al lujo del hotel más caro de la ciudad. Estas noches la placita está tranquila. Algunos acuarelistas pintan y venden imágenes de las calles y balcones. Los muchachos se sientan junto a los árboles, unos en parejas, otros con una guitarra. Algunos turistas toman un café con helado. Por las calles circulan intermitentemente los coches de caballos que dejan en el aire a su paso el olor cálido y amable del animal y el sonido de castañuelas de sus herraduras sobre el piso adoquinado.

Una buena forma de tomar contacto con la ciudad en las primeras horas de la noche es subirse a uno de los coches de caballos y dejarse llevar tranquilamente por las calles, iluminadas unas, oscuras otras, entre el aire tibio y quieto, agitado solamente un poco por el paso del carruaje, y medio hipnotizado por la recitación del cochero de los lugares y monumentos que cruza. Nunca te maravillará lo suficiente la paciencia y calma con que anda el caballo por esas calles, tanto si va solo o en medio de automovilistas, que lo respetan siempre.

El parque de Bolívar o Plaza Mayor tiene abiertas las puertas de la verja de hierro forjado, los árboles frondosos juegan con la luz de los faroles. Debajo de ellos hay gente sentada en los bancos de cemento o acodada en mesas, conversando. Algunos juegan ajedrez concentrados en las piezas sin que los distraiga el paso de los peatones. En el centro del parque, preside la escultura del Libertador, Simón Bolívar Palacios.

Al pie de esta escultura, unos grupos de muchachos negros se reúnen lentamente, se preparan a conciencia y al poco rato empiezan a ejecutar música y danzas de las costas colombianas. Las tamboras y los llamadores producen música de percusión pura. El baile es frenético; la piel de los danzantes, brillante por el sudor a pesar de la frescura de la noche, brilla con visos bajo la luz de los faroles; las piernas, brazos, tronco y cintura se mueven a velocidades inverosímiles mientras rotan en el aire en círculos sucesivos sobre planos imaginarios; los músculos tensos se forran debajo de la piel, nítidos y firmes. La percusión y el baile se llevan el uno al otro, son uno, íntimos e indisolubles, se te meten por el oído hasta el tórax y por los ojos hasta el vientre. Igual que los grititos breves, agudos, repetidos, alternados de las bailarinas y los muchachos. En el brillo de sus ojos se siente el placer del baile.

Pinceladas de Cartagena

En la plaza de San Pedro Claver hay una escultura en bronce, obra y regalo a la ciudad de don Enrique Grau, que representa al santo con una amplia capa que lleva su brazo sobre el hombro de un negro semidesnudo; parecen caminar conversando como un par de amigos, si bien el rostro del sacerdote se ve enfático y el del esclavo, triste. Esta plaza, por antonomasia, es sede de los derechos humanos.



Afuera y el frente de la Torre del Reloj, puerta natural al oriente de la ciudad amurallada, están el camellón de los Mártires y el parque El Centenario, memoria muda de la independencia y el heroísmo de Cartagena y sus habitantes. Unos tablones empotrados en el adoquinado de la actual plaza de la Paz recuerdan el viejo puente de madera construido sobre el caño San Anastasio que bordeaba la muralla oriental hace años entre la bahía de Las Ánimas y la zona lacustre de Chambacú. Esa puerta permanecía cerrada de seis de la tarde a seis de la mañana, por seguridad.

A espaldas de la torre se encuentra la plaza mejor conocida como de Los Coches. Separado de la plaza por un conjunto de arcos de medio punto y dentro de un amplio andén cubierto está el Portal de los Dulces donde se consiguen los muñequitos de leche, las tradicionales cocadas de leche y panela con papaya, piña y ruibarbo, las bolas de tamarindo, los bananos pasos, los turrones de ajonjolí y otras mil golosinas fabricadas por las artesanas de la comida amable cartagenera.

A su lado se abre en un triángulo generoso la plaza donde funcionaron originalmente la Tesorería, la Contaduría y la Aduana. Se dice que allí empezó la construcción de la ciudad. A un costado está el edificio de la alcaldía. En su origen, esta plaza fue centro del comercio de Cartagena, adonde acudían gentes de los virreinatos de Nueva Granada, Nueva España y Perú, así como de las Antillas. Entonces, la plaza estaba abierta a la bahía y se le conocía como plaza del Mar, también fue conocida como plaza de la Real Contratación. Hoy, el pueblo la llama plaza de la Aduana… “

—Ésta es la plaza de Rafael Núñez, ilustre hijo de esta ciudad, cuatro veces presidente de Colombia, —exclama enérgicamente un señor de cara abotagada, limpiamente vestido con guayabera y pantalón de lino.

Vecinas de la Plaza Mayor o parque de Bolívar están la Gobernación de Bolívar, bello edificio de dos plantas con galería exterior en arcos de medio punto, con la plaza de La Proclamación al frente, el portal de Los Escribanos, hombres que redactaban memoriales y documentos, la sede actual del Banco de la República con el anexo del bello Museo del Oro. También, el Palacio de la Inquisición, que guarda la memoria de esa institución que sirvió a la Iglesia Católica y a la Corona española para la represión religiosa y política. Bastaba una leve sospecha directa o una acusación anónima introducida por la Ventana de la Denuncia para que el encartado de acá tuviese más que un pie en el más allá.




Cuando en tiempos de la Colonia, negros cimarrones construyeron su palenque a cierta distancia de la ciudad y lo protegieron con puntas de palos entrelazadas en el cerco, la Corona española ordenó no perseguirlos porque era tarea difícil e incierta. Hoy, por antonomasia, las negras palenqueras, por lo general robustas y sonrientes, se pasean por las playas y calles de Cartagena con la palangana llena de frutas balanceada sobre la cabeza. Ahora están uniformadas con ropas amplias en vistosos colores rojos, amarillos, naranjas y verdes.



La imagen en bronce de Catalina, de cuerpo escultural más de reina que de india, se yergue en puntas de pies entre La Matuna y Chambacú. Era hija del cacique de Galerazamba, fue tomada por españoles en la conquista y llevada como intérprete y damita de compañía a las Antillas. Sin más detalles o análisis, se le considera representante de los indios extinguidos.

El último día de visita nos despide una amiga, desconocida hasta entonces, santa Catalina de Alejandría. Su estatua, el doble que lo natural, nos la presenta en el interior de la nave izquierda de la catedral de Cartagena, consagrada a su nombre.

Siempre que regresas a casa, Cartagena se te queda pegada a la piel, como el olor a salitre y a humedad que aspiras en la calle.


1 comentario:

Abel Méndez dijo...

Me llegó este comentario por correo electrónico:

DAN DESEOS DE IR A CARTAGENA... QUÉ BONITA CIUDAD ... manuelita