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sábado, 15 de mayo de 2010

La columna de Angelita

Mundo moderno
Se requiere supervisión infantil
Los adultos con frecuencia alegan y advierten sobre los peligros de la modernidad, rajando de la tecnología como si fuera inherentemente malvada. Muchos de quienes pertenecen a generaciones anteriores a la mía consideran que todo lo que facilita la vida trae consigo consecuencias nefastas y que nada puede ser tan bueno sin alterar algún orden cósmico. Sermonean sobre los peligros que yacen en el mal uso que los jóvenes hacen de la tecnología y auguran mal fin a las madres de las nuevas generaciones pues dicen –y lo dicen blanqueando los ojos y sacudiendo ferozmente el dedo índice– que sólo la ruina nos espera, que nuestros niños crecerán mal, se convertirán en sociópatas aislados adictos al porno y terminarán con los cerebros convertidos en papilla.
Pero fíjense en las noticias recientes y verán que no son (somos) los jóvenes quienes usamos mal la tecnología. Son, precisamente, los adultos los que la embarran. Me refiero a adultos como Tiger Woods, a quien no se le ocurrió borrar los mensajes de texto, reveladores y explícitos, que intercambió con sus amantes. Adultos como la señora inglesa que usó Google para buscar métodos para asesinar a su esposo y no borró el historial de búsqueda. Un hombre de Carolina del Norte, un indio, una panameña y una estadounidense se suman a la lista de personas que han tenido el mismo modus operandi tecno-idiota de dejar rastro en la web de sus impulsos asesinos. Y éstos no le dan ni en los talones a Pete Hoekstra, congresista estadounidense, quien puso en Twitter la ubicación exacta de una misión supersecreta en Iraq.
Como verán, el problema no es de los niños.
Es más, con frecuencia oigo a mis contemporáneos rajar de sus padres porque estos no saben usar los “gallos”. Miles de conversaciones empiezan todos los días con “Mijo, no sé qué le hundí a este aparato pero la pantalla se puso negra y ahora está haciendo un ruido todo raro” y entonces somos los hijos los que blanqueamos los ojos, respiramos hondo y empezamos con un tonito desesperanzado y condescendiente a decir cosas como “A ver, mamá, ¿cuántas veces te he dicho que no estás autorizada para usar el laptop sin mí?”
No crean que no me preocupe un poco. A medida que envejecemos, necesitamos cada vez más la supervisión de gente cada vez menor. Irónico, pero cierto. Pronto la generación de los dedos gordos (la que se burla de la gente que marca los números del celular con el dedo índice) será objeto de burlas y comentarios sarcásticos.
A mí ya me está dejando el tren. Mi entrenamiento con Pac Man no sirve para dominar el Wii. Ya veo que mi hijo, que no dice “agú” sino “a-google” probablemente sufrirá con nosotros. En un par de años me va a decir a media lengua “Caca, mami, eto é de nené. Mamita pau-pau” y después “Papá, te he dicho que no puedes entrar a mi cuarto sin supervisión adolescente. Te puedes lastimar.”
Ángela Álvarez Vélez