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martes, 1 de julio de 2008

Reflexiones de Francisco

¡Hola!


Para contribuir con el Pico y Cama, perdón, Pico y Placa, algunos días tomo un bus a las 6:30 a. m. y he disfrutado el viaje de lo lindo. Uno de ellos me nutrió con esta reflexión. Algunos aspectos pueden requerir el conocimiento de lugares o costumbres. Me lo hacen saber e intentaré describir de que se trata. Pero puede que sea una observación más universal. Sus opiniones lo dirán.

El bus de las 6:30

Se detiene a recoger los últimos pasajeros que lo abordan en el cruce de la avenida El Poblado con la calle 30. Para ese momento no sobran sillas vacías ni hay espacio para nadie más de pie. Son en su mayoría hombres que descenderán del bus en grupos de dos o tres en cada paradero a lo largo de la Milla de Oro. Que es más de una milla y además tachonada de diamantes, que no son más que las gotas de sudor de estos hombres, ya cristalizadas. La última gota vertida por cada cual es muy peculiar porque una vez cae ¡oh ironía! se convierte en el cerrojo que impide la entrada de quien la suda a esa edificación. Viajan silenciosos, ensimismados, cada uno sumergido en sus propias ilusiones. Salvo una pareja que, más que conversar, trama, susurra. Murmura en privado. Ocupan sillas contiguas. Ella la de la ventana entreabierta, él, con camisa verde chillón, la del pasillo. Sin duda todos los pasajeros tomaron su ducha matinal, muchos mechones de cabello brillan aún y denuncian la reciente inmersión helada. Pero aun así se percibe el sudor varonil de algunos hombres musculosos que debieron caminar largos trechos antes de abordar el bus. Todos llevan, colgando unos, terciados otros, maletines o morrales que ocultan sus envoltorios con almuerzos energéticos. Sobre un costado de sus bolsos lucen monogramas publicitarios de artículos y productos tan variados como los insumos de las obras donde trabajan. Bordados o impresos que también adornan las gorras que usan algunos de ellos. Éstos son los hombres que construyen a Colombia. Les amo a todos ellos. Con la misma intensidad que el hombre de la camisa verde ama a su pareja según se proclama a gritos silenciosos cuando él, solo, desciende del bus e intercambian miradas cómplices por última vez a través del vidrio que les alcahuetea. La de ella es esa mirada inconfundible, dulce y segura, de la mujer que se siente, más allá que deseada, amada. Su postrer suspiro le delata: se siente amada… y deseada. Este gratificante encuentro se renueva cada mañana en el bus de las 6:30. Con certeza.
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Francisco Jaime Mejía Garcés

2 comentarios:

jack dijo...

Traslade este cuadro a cualquier vagón del metro para que se muera de envidia con los besos apasionados de las parejas que madrugan a hacer ganas para encontrarse más tarde cuando terminen su jornada de trabajo.
¡Es bello el amor!

Pavita dijo...

¡Espectacular reflexión!

Oiga, profe, creo que no volví a entrar a su blog desde que lo abrió y le escribí un comentario. Pero estoy muy contenta de tener ahora internet en mi casa y poder conectarme y leer estos escritos tan bonitos, tan enriquecidos de sus conocimientos y de los amigos que también hacen sus aportes, como éste de don Francisco, que está buenísimo.

Saludos a todos.